A los 16 años ya era madre, sostén de mi hogar y tuve que asumir la responsabilidad de una adulta por obligación. No por elección, sino porque la vida, la violencia y la desigualdad no me dieron oportunidad. En República Dominicana, ser joven, mujer y de escasos recursos sigue marcando el destino de miles que aprenden a resistir antes de poder elegir. Esta no es solo mi historia personal: es una realidad social que exige ser contada.
Madre antes de tiempo
Ser madre siendo casi una niña me colocó de golpe en la adultez, sin preparación, sin red de apoyo y con una responsabilidad que no admitía pausas. La maternidad temprana llegó como consecuencia de la violencia que marcó mi vida para siempre, y con ella la obligación de seguir adelante aun cuando todo parecía en contra.

Como yo, cientos de jóvenes dominicanas de escasos recursos se convierten en madres antes de terminar la escuela. Muchas abandonan las aulas, no por falta de talento o voluntad, sino porque el sistema no está diseñado para sostenerlas.
Esta realidad no es aislada, segun registros del Departamento de Estadística del Ministerio de Educación, entre el año 2021 y 2023 un total de 1.3 millones de niñas y adolescentes, con edades entre 10 y 19 años, abandonaron las aulas en la República Dominicana. Estó lo refuerza el Informe de Monitoreo 2024 del Instituto Dominicano de Evaluación e Investigación de la Calidad Educativa (IDEC), señala que uno de cada cuatro adolescentes entre 15 y 17 años no asiste a la aulas, confirmando la magnitud de la deserción escolar y su impacto directo en las jóvenes de escasos recursos.
En algunos casos abandonar la escuela no significa abandonar los sueños. Significa, posponerlos para sobrevivir.

Cuidadoras invisibles
Ser joven de escasos recursos en República Dominicana no solo implica limitaciones económicas. Implica cargar con tareas que nadie reconoce: cuidar a los hijos, los hermanos, padres enfermos o adultos mayores. Muchas jóvenes se convierten en el sostén emocional y físico de sus hogares cuando ellas mismas todavía necesitan cuidado.
Yo tuve que aprender a ser fuerte cuando todavía estaba rota. A ser resiliente cuando aún no sabia el significado de la palabra. La vida no me dio otra opción: mis hijos necesitaban una madre de pie, aunque yo estuviera partiendome por dentro.
Esta es la historia de muchas jóvenes que cuidan de todos, menos de ellas mismas.

Talento frente a la realidad
En los barrios, en los campos, en los parajes rurales y en los márgenes de la ciudad, hay jóvenes brillantes. Mujeres con talento, inteligencia, liderazgo y creatividad. Pero el talento, sin oportunidad, se convierte en frustración.
La condición de no tener dinero no anula los sueños, pero los vuelve cuesta arriba. Estudiar cuando hay hambre. Trabajar cuando el cuerpo está agotado. Soñar cuando tu entorno insiste en decirte que no puedes.
Yo seguí adelante por mis hijos. No porque fuera fácil, sino porque rendirme no era una opción. Cada logro alcanzado fue una batalla dificil de ganar, contra un sistema que me decia una y otra vez, que mi lugar estaba en la resignación.

Resiliencia forzada
La palabra resiliencia se usa con ligereza, pero para muchas jóvenes de escasos recursos no es una virtud, sino una obligación impuesta por la desigualdad. Se les exige ser fuertes sin haber sido protegidas. Se les pide resistir sin haber recibido justicia.
Y aun así, seguimos. Estudiamos cuando podemos. Emprendemos con lo poco que tienemos. Luchamos por darles a nuestros hijos una vida distinta a la que nos tocó vivir.
Más que una historias de dolor
Este no es un reportaje para victimizar a nadie, ni romantizar la carencia económica, ni la maternidad temprana edad. Es un llamado a mirar de frente una realidad estructural, ser joven, mujer y de escasos recursos en República Dominicana sigue siendo una desventaja social.
Pero también es un reconocimiento a esas mujeres que, aun con sueños aplazados, no los han enterrado. Que siguen creyendo que otro futuro es posible, no solo para ellas, sino para sus hijos y para el país.
Invertir en educación, salud mental, oportunidades laborales y protección social para las jóvenes no es caridad: es justicia social.

Cuando la solución nace desde las propias mujeres
Las historias de jóvenes, mujeres y madres de escasos recursos no pueden seguir quedándose solo en la denuncia. La realidad exige respuestas concretas, sostenibles y humanas. Por eso, desde la experiencia vivida y no desde la teoría, hoy existe una alternativa real para esas mujeres que desean levantarse, reconstruirse y avanzar.
La Asociación de Mujeres Fénix Lideres Empoderadas, se pone a disposición de las jóvenes madres, desertoras escolares y cuidadoras invisibles que buscan oportunidades. Como presidenta de la cede santo Domingo, mi compromiso es claro: transformar el dolor en herramientas de superación, la exclusión en oportunidades de capacitación y la resiliencia forzada en liderazgo consciente.

A través de charlas formativas, ferias de emprendimiento y conferencias, Fénix trabaja para que estas mujeres no solo sobrevivan a sus circunstancias, sino que desarrollen habilidades, fortalezcan su autoestima y construyan independencia económica. No se trata de asistencialismo, sino un proceso de acompañamiento, formación integral y creación de redes de apoyo mutuo.
Este es un llamado abierto a instituciones públicas, empresas privadas y empresarios con visión social, para que crean en este proyecto y se sumen como aliados y patrocinadores. Invertir en estas mujeres es invertir en familias más fuertes, comunidades más estables y un país con mayor equidad.
Porque cuando una mujer encuentra el apoyo que necesita, no solo cambia su propia historia: rompe ciclos de desigualdad, abre caminos para las proximas generaciones y enciende el fuego de la esperanza en otras que también buscan renacer.
Y como el ave Fénix, estas jóvenes madres no piden lástima: piden oportunidad real para volar.











