En los últimos días, varias mujeres han decidido apagar su propia vida. No son cifras. No son titulares pasajeros. Son hijas, madres, hermanas, amigas. Son historias que no fueron escuchadas a tiempo.
Cada suicidio femenino es una alarma social que estamos ignorando como sociedad. Nos duele el hecho, pero seguimos normalizando las causas. Nos conmueve la noticia, pero no transformamos el entorno que empuja a tantas mujeres al borde del abismo.
La mujer carga con demasiadas batallas invisibles: la exigencia de ser fuerte siempre, el juicio constante, la violencia silenciosa, la presión económica, la maternidad no acompañada, las relaciones tóxicas, la soledad emocional, el abuso, el abandono y el miedo a pedir ayuda por vergüenza o estigmas.
A muchas se les enseñó a callar, a aguantar, a “resolver”, a no molestar. Y cuando el alma se rompe en pedazos, el mundo suele decir: nadie lo vio venir. Mentira. Las señales siempre están ahí, pero preferimos mirar hacia otro lado.
Hablar de suicidio femenino no es promoverlo, es prevenirlo. Es asumir que la salud mental debe dejar de ser un lujo y convertirse en una prioridad. Es entender que no basta con decir “sé fuerte” cuando una mujer está pidiendo auxilio en silencio.
Hoy hago un llamado directo y urgente a cada mujer que se siente sobrepasada, rota, cansada o sola:
escríbeme, llámame, no te quedes callada. A veces no se necesita una solución inmediata, sino alguien que escuche sin juzgar, que abrace desde la palabra y que acompañe desde la humanidad.
Como Presidenta CEDE Santo Domingo de la Asociación de Mujeres Líderes Empoderadas Fénix, pongo mi voz, mi tiempo y mi escucha al servicio de quienes hoy sienten que no pueden más. No prometo respuestas mágicas, pero sí presencia, empatía y apoyo.
Contacto directo: 809-433-9604
Asimismo, es importante recordar que el Estado Dominicano dispone de una línea de atención en salud mental para acompañar y orientar en momentos de crisis: 809-200-1400
Necesitamos más redes de apoyo reales, menos juicios y más empatía. Más escucha y menos exigencia. Más acompañamiento emocional y menos abandono social. Necesitamos aprender a preguntar: ¿cómo estás de verdad? y quedarnos a escuchar la respuesta, aunque incomode.
Hoy no escribo desde la crítica vacía, escribo desde la responsabilidad colectiva. Porque cada mujer que se va sin ayuda es una falla del sistema, de la familia, de la comunidad y de todos nosotros.
A las mujeres que hoy están luchando en silencio: tu vida importa, tu dolor es válido y pedir ayuda no es debilidad, es valentía.
Y a la sociedad: ya es hora de dejar de llegar tarde.











